El sendero estaba mojado debido a la lluvia. Recorrí el camino hastal la puerta de la mansión sorteando charcos. Aun llevaba puestas las chanclas y el traje de baño. Llevaba el pelo humedo recogido en una coleta y la unica prenda que me aislaba del frio era un vestido color rosa pálido. El enorme caserón con aspecto abandonado me esperaba como única guarida para protegerme de la lluvia. Me acerqué al buzón que había junto a la puerta de entrada y pude ver que se había abierto hacía relativamente poco tiempo. Saqué un manojo de llaves de mi bolsa y con la más pequeña abrí la diminuta cerradura. Metí la mano en el interior y busqué a tientas el correo. Algo me pinchó en el dedo indice. Retiré la mano instintivamente y me agaché para comprobar con qué me había herido. Perpleja, me di cuenta de que la causa de que brotaran diminutas gotas de sangre de mi dedo era una de las espinas de una perfecta rosa de color blanco. La saqué con cuidado de no pincharme de nuevo y la observé. Él había vuelto. Y había llegado el momento que yo tanto había estado esperando. Me encontré la puerta de entrada entreabierta. Mi respiración, que antes era agitada, iba relajandose poco a poco. El único sonido que se podía apreciar eran las gotas cayendo en el exterior. Recorrí el caserón despacio, sin necesidad de apresurarme, porque ya sabía lo que iba a venir a continuación. A medida que me internaba en la casa, el sonido de la lluvia iba apagandose, dejando paso a los latidos de mi corazón. Entré en el salón principal y me di la vuelta. Ahí estaba él, como ya había supuesto. Llevaba puesta una camiseta blanca que le marcaba los abdominales y unos vaqueros desgastados. Completaba su atuendo con unas deportivas. El pelo moreno le resaltaba su piel marmorea. Como siempre, una extraña sonrisa en los labios, la cual a la vez adoraba y me hacía sentir escalofrios. Se acercó a mi. A cada paso que daba notaba, más y más, como el final de todo esto estaba cerca. Cuando estuvo frente a mi, tan cerca que mi nariz podía rozar la suya, su sonrisa se hizo más amplia.
-Estás incluso más guapa que la última vez.- Pasó su mano por detrás de mi espalda. Todo lo que llevaba en las manos se me cayó provocando un gran estruendo. Acercó sus labios a los mios y me besó. De una forma dulce y apasionada, tal y como lo recordaba. Se apartó un poco de mi sin soltarme.
- Y mis besos siguen provocando en tí el mismo efecto, por lo que veo.
Suspiré. Tenía razón. A pesar de todo, seguía sintiendo una ernorme atracción por él.
-Bueno, creo que ya sabes lo que viene a continuación, ¿Verdad?- Bajé la mirada. Las lagrimas empezaron a brotar de mis ojos.-Vamos, no llores, estropearás nuestra última vez.
Volvió a besarme. Lentamente, subió sus manos hasta los tirantes de mi vestido y los bajó hasta los brazos. Desabrochó la cremallera lateral y dejó que la prenda cayera al suelo, rozando mi piel. Me quedé en traje de baño frente a él. Con una mano me quitó la goma del pelo dejando que mi pelo húmedo bajara en cascada hasta la mitad de la espalda; mientras, con la otra empezó a recorrer todas las curvas de mi cuerpo. Me recostó sobre el sofá y siguió besandome. Primero en la boca, luego en el cuello y finalmente en el escote. Suspiré de placer y me resigné. Me haría el amor por última vez y yo no me resistiría. ¿Por qué iba a importarme, si después iba a estar muerta?
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jueves, 7 de junio de 2012
martes, 15 de noviembre de 2011
Curse my name
El pequeño payaso pierrot se arrodilló junto a la señora, dejandose caer sin mirarla a los ojos.
-No he podido encontrar nada más, -dijo temeroso y atragantandose con sus palabras.- Lo siento muchisimo, mi señora.
Ella se rió entre dientes Chasqueó los dedos y un criado con cara de indiferencia le tendió una bandeja de plata con un brillante cuchillo. La cogió y miró como la tenue luz de las antorchas relucía sobre su filo.
-Vaya... ¡una pena!- contestó secamente, empuñando el cuchillo.
El niño miró temereso como sujetaba el arma que iba a quitarle la vida. Cuando la señora atravesó limpiamente su estómago, abrió mucho los ojos y un pequeño hilo de sangre se resvaló por la comisura de sus labios. El cuerpo inerte cayó al suelo. La majestuosa mujer sonrió para si, volvió a dejar el cuchillo en la bandeja y pidió entre dientes que se llevaran el desecho que había caido a sus pies. Se sentó en su silla de terciopelo rojo y se mordió el labio. Hizo pasar al siguiente. Se le estaba resistiendo y no podía ser así. Un encapuchado entró en la estancia. Solo podía apreciarse la capa de terciopelo negro que le cubría de la cabeza a los pies, pero por sus movimientos y sus manos, pudo preever que se trataba de una mujer joven. Se quitó la capucha. Sus facciones aniñadas quedaron a la vista. Llevaba todo el pelo rubio ceniza recoido en un pulcro moño alto. Una delicada sonrisa se entrevió en ese rostro que parecía no haber roto un plato. Sus carrillos sonrosados y una nariz pequeña completaban el rostro perfecto. Entre las manos llevaba un cofre de madera tallada con motivos vegetales. Se inclinó ligéramente delante de ella con una reverencia. Abrió el cofre con cuidado.
-No está mal- dijo la señora.
-El corazón de una joven virgen, aún latiente. No es el de él, pero tenemos la certeza de que no volverá a besar a su amada.- Rió por lo bajo.
La sonrisa de la señora se hizo más grande.
-Me encanta- La tendió la bandeja de plata.- Tendrás el honor de hacerlo tú misma.
La pequeña agarró el cuchillo y sin dudarlo un momento, en vez de clavarlo en el órgano se lo clavó a su señora en el estómago, y no pudo articular palabra antes de expirar. Elodie extrajo el arma, la limpió con la capa y se la enganchó en el cinturón. Salió de la sala despacio, tirando descuidadamente al suelo el cofre con el corazón, su corazón.
-No he podido encontrar nada más, -dijo temeroso y atragantandose con sus palabras.- Lo siento muchisimo, mi señora.
Ella se rió entre dientes Chasqueó los dedos y un criado con cara de indiferencia le tendió una bandeja de plata con un brillante cuchillo. La cogió y miró como la tenue luz de las antorchas relucía sobre su filo.
-Vaya... ¡una pena!- contestó secamente, empuñando el cuchillo.
El niño miró temereso como sujetaba el arma que iba a quitarle la vida. Cuando la señora atravesó limpiamente su estómago, abrió mucho los ojos y un pequeño hilo de sangre se resvaló por la comisura de sus labios. El cuerpo inerte cayó al suelo. La majestuosa mujer sonrió para si, volvió a dejar el cuchillo en la bandeja y pidió entre dientes que se llevaran el desecho que había caido a sus pies. Se sentó en su silla de terciopelo rojo y se mordió el labio. Hizo pasar al siguiente. Se le estaba resistiendo y no podía ser así. Un encapuchado entró en la estancia. Solo podía apreciarse la capa de terciopelo negro que le cubría de la cabeza a los pies, pero por sus movimientos y sus manos, pudo preever que se trataba de una mujer joven. Se quitó la capucha. Sus facciones aniñadas quedaron a la vista. Llevaba todo el pelo rubio ceniza recoido en un pulcro moño alto. Una delicada sonrisa se entrevió en ese rostro que parecía no haber roto un plato. Sus carrillos sonrosados y una nariz pequeña completaban el rostro perfecto. Entre las manos llevaba un cofre de madera tallada con motivos vegetales. Se inclinó ligéramente delante de ella con una reverencia. Abrió el cofre con cuidado.
-No está mal- dijo la señora.
-El corazón de una joven virgen, aún latiente. No es el de él, pero tenemos la certeza de que no volverá a besar a su amada.- Rió por lo bajo.
La sonrisa de la señora se hizo más grande.
-Me encanta- La tendió la bandeja de plata.- Tendrás el honor de hacerlo tú misma.
La pequeña agarró el cuchillo y sin dudarlo un momento, en vez de clavarlo en el órgano se lo clavó a su señora en el estómago, y no pudo articular palabra antes de expirar. Elodie extrajo el arma, la limpió con la capa y se la enganchó en el cinturón. Salió de la sala despacio, tirando descuidadamente al suelo el cofre con el corazón, su corazón.
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